¿Cuando dejamos de cantar?

Publicado en por La bea

¿Cuando dejamos de cantar?

Os guste o no, ¡La Navidad ha llegado!.

El otro día iba por la calle, cuando escuché a dos mujeres hablar sobre el tema:

- ¡Ya esta aquí la Navidad!- decía una de ellas.

- A mi la Navidad no me gusta nada- le respondió la otra.

- A mi me pone triste- dijo la primera.

Aquí dejé de escucharlas a ellas para pasar a escucharme a mí misma y a mis pensamientos:

La Navidad es así. Es una fiesta que despierta en nosotros multitud de sentimientos: Agrado. Desagrado. Ilusión. Tristeza. Alegría. Indiferencia. Pero sea lo que sea lo que pensemos, casi siempre se acaba celebrando. ¿Porque será?.

A mi la Navidad si me gusta. En parte me pone triste, ya que cada vez son más aquell@s que ya no están con nosotros. Pero también en parte me pone contenta, porque es cuando veo a tod@s aquellos que tuvieron que irse fuera de nuestro país a buscarse la vida, porque aquí era imposible labrarse un futuro, y cuando veo aquellos que se quedaron, pero parecen que también se fueron porque no nos vemos nunca.

A mi la Navidad me ha gustado desde siempre. Desde que era pequeña pasando por mi adolescencia y "madurez" hasta la actualidad. Y que a mí me guste tanto la Navidad tiene mucha "culpa" mi familia, toda ella, no solo mi padres. Toda.

Mi familia no es grande, no sé si será por eso que en nuestras comidas navideñas desde siempre, nos hemos reunidos todos: padres, madres, herman@s, prim@s, ti@s, abuel@s, los no abuel@s (algunas como si lo fueran) y las parejas de turno. 

Cuando miro para atrás, veo mucho color y escucho villancicos sin cesar. Me veo con mi madre poniendo el belén que yo había pintado y que cogía medio salón. Para compensar el trabajo que tenía ponerlo, lo quitábamos en junio, mas o menos, cuando ya era evidente que teníamos que cambiarle el atuendo a los pastores por un bañador. También me veo a mi y a mi hermana poniendo ese árbol de navidad, falsamente nevado, al que mi gata se encargaba en tirarles todas las fresas que lo decoraban y mi perra se encargaba de comérselas. Y a mi padre convirtiendo mi casa en un "centro comercial" con esos villancicos flamencos sonando sin cesar. Y cuando llegaban los días señalados el salón, de una de las casas de mis recuerdos, se desmantelaba, para hacerle sitio a una mesa enorme que nos acogiera a todos. Esa mesa, sin fronteras aparentes, más que una raya traicionera que a penas sobresalía a través del mantel, se dividía en tres partes:

1. Los más mayores.

2. Los adultos.

3. Los peques. (Dentro de esta zona, nos subdividíamos por edades hasta llegar a los pequeños del todo, donde me incluyo, que estábamos en el pico más alejado de la mesa).

La vida misma representada en aquella mesa. 

Recuerdo muchas cosas, pero ante todo recuerdo el ruido. Todas esas personas hablando a la vez. La persona situada al final de la mesa, no hablaba con la persona sentada su lado, hablaba con aquella persona que estuviera lo más alejado posible de ella. Luego la conversación daba paso a los villancicos, panderetas guitarra y hasta la botella de anís, que una vez uno de nosotros, tan metido estaba en su papel, que la rompió en una circunferencia perfecta, (anécdota nº 10 que se cuenta todas la Navidades. "Te acuerdas aquella vez que"...).

El tiempo fue pasando y la vida fue aplicando su implacable ley. Empezaron las ausencias. Primero en la zona de los mayores y luego de fue extendiendo sin remedio. Pero también fueron apareciendo los carros de bebés. Las casas de nuestros recuerdos se fueron vendiendo. Los días en los que todos podíamos coincidir se redujeron a uno y el organigrama de la mesa navideña  había cambiado inevitablemente:

- Los anteriormente adultos pasaron a ocupar la zona de los mayores.

- Los anteriormente niñ@s ya eramos adult@s y ocupábamos el sitio de nuestros padres.

- Y nuestros peques ocupaban nuestros sitios, en la zona de los niñ@s.

La vida misma, de nuevo.

Y en algún momento de todo este proceso dejamos de cantar. Nuestros peques nunca nos escucharon cantar villancicos como posesos. Ellos no conocieron esa faceta nuestra. La faceta de panderetas y cantar a toda voz: "Ven y ven lavandera..." . Ya no solo no hay ruido de panderetas, ya no hay ni ganas de escuchar su sonido ni a 200 km a la redonda. Como mucho hay que conformarse con susurrar: "Pero miran como beben los peces en el río", tras la puerta cerrada de la última habitación de la casa donde nos reunamos.

Y me da mucha pena, la verdad. Pena, porque nuestros peques, no vivirán las mismas coloridas y ruidosas Navidades que viví yo. Bueno, un poco ruidosas sí que siguen siendo. Aquellos situados en un extremo de la mesa de la mesa siguen hablando con aquel que se encuentra situado en el otro extremo. Eso no ha cambiado. Pero antes la Navidad ante todo. significaba la alegría de juntarnos todos. Ahora significa la añoranza de los que no están y no volverán.Comprensible...

Las perdidas nunca son fáciles de asimilar. Algunas por lo inesperado e incompresible. Desde luego es incompresible que con el nuevo organigrama a penas vigente, comenzaran las ausencias en la zona de los mayores, cuando el organigrama anterior había durado tanto. Pero siempre hubo ausencias, crecimos con ausencias, pero eso no enmudeció nuestras Navidades infantiles.

¿Porqué dejamos de cantar?. Por la tristeza, obviamente.

Pues yo me revelo y me revelo. Me revelo contra la ella. A estas alturas de la vida todos llevamos nuestra maleta acuesta. Y en estas fechas la maleta se vuelve el doble de pesada.

Pero mi maleta y yo nos vamos a sentar con mis peques, "armados" con nuestras panderetas y vamos a cantar: "Campana sobre campana" a voz en grito y mientras cante regresaré al pasado, con mis "gafas" de niñez y allí estarán todos, los que ya nos dejaron y los que aún resisten y sonará una guitarra, que sólo yo escucharé, porque nadie más en mi casa sabe tocarla y mis peques me harán regresar al presente, a ese donde están ellos, a ese presente donde aún hay ilusión, esa ilusión infantil que contagia a todos los que los rodean, a ese presente donde la alegría de seguir aquí y la tristeza por los que nos dejaron se entremezclan, a ese presente donde somos unos privilegiados, pues tenemos la gran suerte de poder seguir reuniéndonos, por muy lejos que se haya emigrado.  

Todos llevamos nuestra maleta pero me gustaría que eso no nos impidiera centrarnos en las partes buenas, que eso no hiciera que nos perdamos las partes positivas de nuestras vidas o que se nos pasase desapercibida, por estar removiendo el contenido de la dichosa maleta que llevamos siempre acuesta.  

La tristeza es inherente a la Navidad, por la ausencia, la de otros o por la nuestra, pero... "Quien canta su mal espanta" y a mi los villancicos me traen recuerdos, vivencias y personas y pienso invocarlos. Es mi manera de tenerlos cerca a todos.

Y hasta aquí mi post de hoy. Nos vemos pronto, concretamente, después de Reyes. Eso otra cosa que trae la Navidad, las vacaciones de los peques. 

Así que desde la Columna de la Bea os deseo unas ¡Felices Fiestas a todos! y que tengáis la mejor entrada de año posible. Hasta el año que viene.

  

 

 

 

 

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:
Comentar este post